domingo, 21 de septiembre de 2014

el sendero


















Cuanto más avances, tantos más lazos encontrarán tus pies. El sendero que a la meta conduce está iluminado por una
luz única, la luz del arrojo, que arde en el corazón. Cuanto más osa uno, tanto más obtendrá. Cuanto más teme, tanto
más palidecerá aquella luz, la única que puede guiarle. Porque así como el último rayo de sol que resplandece en la
cumbre de una gran montaña, al desvanecerse va seguido de la negra noche, otro tanto acontece con la luz del
corazón. Cuando ésta se extinga, una sombra negra y amenazadora caerá de tu propio corazón sobre el sendero, y el
terror clavará en el suelo tus plantas.
Precávete, discípulo, contra esta sombra letal. Ninguna luz irradiada del Espíritu es bastante para disipar las tinieblas
del alma inferior, a menos que de ella haya desaparecido todo pensamiento egoísta, y que el peregrino diga: «yo he
renunciado a esta forma pasajera; he destruido la causa; las sombras proyectadas, como efectos que son, no pueden
existir ya más». Porque ahora ha estallado el grande y último combate, la lucha final entre el Yo Superior y el
Inferior. Mira, el campo de batalla mismo se halla ahora absorbido en la gran guerra, y no existe ya.
Pero una vez has pasado la puerta de Kshanti, está dado ya el tercer paso. Tu cuerpo es esclavo tuyo. Prepárate ahora
para el cuarto, el Portal de tentaciones que tiende lazos al hombre interno.
Antes que puedas aproximarte a la meta, antes de alzar la mano para levantar la aldaba de la cuarta puerta, tienes que
haber dominado en tu yo todos los cambios mentales y matado al ejército de sensaciones y de pensamientos, que,
sutiles e insidiosos, deslízanse inadvertidos dentro del radiante sagrario del alma.
Si no quieres tú ser matado por ellas, debes hacer inofensivas tus propias creaciones, las hijas de tus pensamientos,
invisibles, impalpables, que pululan en torno del género humano, progenie y herederos del hombre y de sus despojos
terrenales. Has de considerar la vacuidad de lo aparentemente lleno, la plenitud de lo aparentemente vacío. Mira,
intrépido aspirante, al fondo más recóndito de tu propio corazón, y responde. ¿Conoces los poderes del Yo, tú que
percibes sombras exteriores?
De no ser así, estás perdido.
Porque en el cuarto Sendero la más leve brisa de pasión o deseo agitará la luz tranquila sobre los muros blancos y
limpios del alma. La más ligera oscilación de anhelo o pesadumbre por los ilusorios dones de Maya, en el trayecto del
Antaskarana -el sendero que hay entre tu Espíritu y tu yo, el camino real de las sensaciones, rudos despertadores del
Ahankara-,(20) un pensamiento cualquiera, tan rápido como el rayo, te hará perder tus tres premios, los premios que
has ganado.
Pues sabe que lo ETERNO no conoce cambio alguno.
«Aléjate para siempre de las ocho espantables miserias. De no hacerlo, con seguridad no puedes tú llegar a la
sabiduría, ni aun a la liberación», dice el gran Señor, el Tathágata de perfección, «aquel que ha seguido las huellas de
sus predecesores».(21)
Rígida y exigente es la virtud del Virâga. Si su sendero quieres ganar, debes mantener tu mente y tus percepciones
mucho más libres que antes de matar la acción.
Tienes que saturarte de pura Alaya, llegar a identificarte con el Alma-Pensamiento de la Naturaleza. Aunado con ella,
eres invencible; de ella separado, te conviertes en sitio de recreo del Samvriti,(22) origen de todas las ilusiones del
mundo.
Todo es impermanente en el hombre, excepto la pura y brillante esencia de Alaya. El hombre es su rayo cristalino; un
rayo de luz inmaculada en lo interior, una forma de barro material en la superficie inferior. Aquel rayo es el guía de tu
vida y tu verdadero Yo, el Vigilante y Pensador silencioso, la víctima de tu yo inferior. No puede tu alma ser herida
sino a través de tu cuerpo sujeto al error; reprime y domina a los dos, y podrás cruzar seguro la cercana «Puerta de la
Balanza».

La Voz del Silencio
Helena Blavatsky
Dedicado a los pocos

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